Dichosos los que sufren,
porque serán consolados. Palabras de nuestro señor Jesús, que encierran más de
lo que podríamos imaginar. Nadie es capaz de conocer en su totalidad, la
esencia y el significado de todas las enseñanzas de nuestro maestro.
Pero si se pueden tener
ciertas luces sobre lo que encierran sus palabras. Por ejemplo en esta frase de
las bienaventuranzas, Jesús no solo se refiere a las personas que sufren
postradas en cama, las personas que sufren por enfermedades, por pobreza, por
hambre, por la pérdida de un ser querido etc.
Si bien es cierto, que cuando
sufres en este mundo pero no te desvías del camino de Dios y permaneces firme,
al final en la vida eterna, serás consolado.
Eso no quiere decir que
se refiera solo al sufrimiento carnal, sino también a la mortificación del
alma, ese sufrimiento, esa tristeza que te causa ver, como este mundo cada día
se hunde más en la podredumbre, en la basura, en la oscuridad.
Si la situación de
nuestra sociedad te hace sentir tristeza, eres unos de esos bienaventurados que
sufren. Esos que serán consolados.
Por ejemplo, la congoja
que te causa comprobar, que cuando entras a una capilla de adoración al
santísimo es como si te sumergieras desnudo en agua pura cristalina y muy
tibia, un gozo inenarrable.
Pero al tener que dejar
el sagrario para regresar a tu casa o hacer cualquier otra actividad, es como
si pasaras de sumergirte en esa agua cristalina, a sumergirte en aguas negras,
llenas de heces y desperdicios. El aire huele diferente, huele a viciado, tus
ojos solo observan infelicidad por doquier, consumismo, urgencia por llenar un
vacío interior con todas las cosas que nos ofrece este mundo.
Y lo peor del caso es
que esa inmundicia nos atrae, el olor a putrefacción nubla nuestro juicio y nos
hace ver cosas hermosas, donde solo hay restos en descomposición, huesos y
carne podrida.
La pena en el corazón
que nos puede hacer sentir, ver cómo la gente se la pasa lamentándose por las
cosas que les suceden, porque no tienen la pareja ideal, porque no tienen el
trabajo que les gusta, porque hay
desastres naturales, por la ola de violencia a nivel mundial, las amenazas de
guerra, en fin por todas las cosas que nosotros mismos causamos.
Todo es nuestra
responsabilidad, nos entregaron un planeta ordenado en equilibrio, como
humanidad lo hemos ido contaminando y desordenando.
Somos necios y
desagradecidos, Dios nos manda bendiciones, una buena pareja, un buen amigo, un
buen trabajo etc. Pero como nuestro corazón y nuestra mentes están
contaminados, no sabemos reconocer y mucho menos agradecer esas bendiciones.
Duele ver como solo nos
acordamos de Dios, cuando mueren muchas personas. Pero quizás una de esas
personas que murió en ese bus que se volcó, se encontró contigo muchas veces en
la calle y nunca le diste los buenos días.
Es deprimente ver como
muchos de nosotros aprendemos todas las coronillas y versiones del santo
rosario y las recitamos todos los días con mucha devoción.
Pedimos para que no haya
desastres naturales, oramos por todas las ánimas, por nuestros sacerdotes y por toda la
humanidad.
Hacemos ayuno y nos
mortificamos de todas las formas que podamos aplicar. Todo eso está muy bien,
hasta nuestra santísima madre nos lo pidió, recen el rosario hijos míos, ayunen
y conviértanse, arrepiéntanse.
Lo triste es que, de que
nos vale rezar y rezar, si nuestra oración no nos cambia por dentro, si no nos
preocupamos del hermano vivo, si no somos agradecidos con las personas que nos
tienden la mano.
Si la oración no cambia
nuestra alma, nuestra forma de proceder no estamos haciendo nada, si no nos
hace personas más sencillas y agradecidas con Dios, personas más cordiales. Si
no cambiamos, entonces solo estamos repitiendo frases como un loro y no
aprovechamos nada.
Si hay algo de lo que
estoy seguro es que alguien se escandalizará si lee esto, porque la verdad es
como una luz cegadora, para quienes viven en oscuridad.
Si estas por lo menos
tratando de abrir los ojos, te debe entristecer ver que vivimos en un mundo
donde casi todo se basa en impresionar a las personas. Muy poca gente valora a
sus semejantes por la forma de ser y los ideales que tenga una persona
determinada.
Los hombres tratan a las
mujeres como si fueran un pedazo de carne, y las mujeres a los hombres como
chequeras.
Cada día, muchas
mujeres, olvidan que son seres especiales, creados por un Dios amoroso, y
muestran su cuerpo como si vendieran un pernil de cerdo.
Los hombres nos sentimos
orgullosos de decir que nos hemos acostado con tantas mujeres que ya perdimos
la cuenta. Y nos olvidamos que a nosotros nos trajo al mundo una mujer.
Pero las mujeres no
hacen nada para mejorar la situación, antes mejor cada día quieren imitar los
vicios de los hombres, fumar, emborracharse, promiscuidad etc.
Parece como si
compitiéramos para ver quienes entre hombres y mujeres, nos volvemos seres más
viles y dignos de asco.
Y lo peor es que es un
efecto dominó, porque las familias están formadas por hombres y mujeres de
corazón corrompido. Quienes les heredan a sus hijos las mismas ideas y conductas,
el mismo desprecio a Dios.
Es tan triste ver a
jóvenes, supuestos cristianos católicos entre 15 y 18 años que no tienen el
menor respeto por la eucaristía. He visto bancas enteras y más, llenas de
jovencitos que no comulgan. Y lo peor es que no tienen ni idea de lo que están
dejando de recibir. Y sumado a eso, muchos de los que comulgan lo hacen como si
estuvieran en la fila de una macdonald´s, van conversando sobre cualquier cosa,
en lugar de ir con un corazón contrito y agradecido por el regalo de valor
infinito que van a recibir.
Pero la culpa es de
nosotros los adultos, que estamos tan ocupados en nuestro vivir sin sentido,
que como no tenemos buenos valores, no se los podemos infundir a nuestros
hijos.
Los adultos y jóvenes nos
hemos dejado programar para valorar la apariencia, los ceros de la cuenta
bancaria, la supuesta madures, la habilidad para bailar o para cantar, la forma
en que una persona se expresa, la supuesta seguridad que una persona refleja,
el porte y el lenguaje corporal.
En vez de valorar tanto
la apariencia deberíamos valorar los sentimientos, en lugar de ver los ceros de
la cuenta bancaria, deberíamos valorar la entrega y la dedicación que esa
persona nos pueda entregar. En lugar de analizar una supuesta madures, sería
bueno notar si esa persona nos puede transmitir alegría de vivir.
Si disfrutáramos con una
persona con sentido del humor y capaz de hacernos reír, en lugar de buscar
habilidades específicas, tendríamos relaciones más felices.
Si en lugar de fijarnos en una supuesta
seguridad valoráramos que las personas sean sencillas y auténticas, todas
nuestras relaciones serían mejores.
Si lo principal que
buscáramos en los demás fuera Cristo, el mundo sería un lugar mucho mejor.
Pero de todo esto, lo
que más debería dolernos es ver las ofensas que se hacen al que dio la vida por
nosotros. Al que siendo todo un Dios se hizo hombre, y murió en una cruz por
nosotros. Y no solo me refiero a nuestros pecados. Si no también a ofensas
directas contra Jesús Eucaristía. Blasfemias habladas, ataques físicos a las
custodias en los sagrarios, ostias tiradas por el suelo. Jesús que nos espera
con los brazos abiertos y nosotros solo respondemos con indiferencia,
desprecio. Día a día abofeteamos el rostro de nuestro amado señor y los
escupimos, como lo hicieron hace más de 2000 años.
Hoy siglos y siglos más
tarde, no sabemos, o no nos interesa saber, el precio que vale vivir.
Si buscáramos a Cristo
en los sagrarios y en el prójimo, para socorrerlo, para ayudarlo, para
aconsejarlo, para comprenderlo y ponernos en sus zapatos, para amarlo, este
mundo no estaría caminando hacia la oscuridad.
En resumen Jesús nos
dijo, que la mejor forma de amarlo a él, era amando al prójimo como a uno mismo, pero
no lo hacemos.