Tenemos un Dios que nos ama. Pero casi todos nosotros, nos
acercamos a él, solo para obtener beneficios y muy pocas veces, hacemos algo
para agradarle a nuestro Dios. Solo nos acercamos después de que el mundo nos
decepcionó y tocamos fondo. Luego cuando Dios nos cura a pesar de las barreras
que le ponemos. Volvemos a comer estiércol, que es el alimento que nos ofrece
el mundo.
Casi todos buscamos la forma de llenar nuestro vacío
interior, con cosas, y no solo alcohol, sexo, drogas o dinero. Intentamos que
nuestros amigos, una pareja, una carrera, un trabajo, una organización o hasta
una obra de misericordia llene nuestro vacío. Pero nunca llenaremos ese vacío
hasta que nos demos cuenta, que solo puede llenarse, dándonos nosotros mismos
por completo a Dios. Haciendo todo por Jesús, en Jesús y para Jesús, como lo
hace nuestra Santa Madre.
De nada nos sirve hacer las más grandes obras, si solo lo
hacemos para sentirnos bien nosotros mismos, ya sea para nuestra realización o
para suplir alguna carencia nuestra.
Muchos piensan que por entrar en grupos religiosos, ya están
haciendo las cosas como Dios manda. Pero la realidad es que entramos muchas
veces en estos grupos, para sentirnos aceptados, no para servir sino para que
los demás nos sirvan, haciéndonos sentir bien.
Debemos hacer las cosas para agradar a Jesús. Cuando haces
todo por alguien que se complace en tus buenas obras, entonces te sientes pleno
y lleno de felicidad. Si comprendes eso y lo unes a tu alma, te liberaras del
condicionamiento, de que las cosas salgan como tú las idealizas. Ya no
importará el resultado, tanto como el esfuerzo y la recta intención de agradarle
a Dios.
También nos olvidamos de que Jesús mismo nos regaló a su
Santísima Madre, para que sea nuestra protectora y nuestra guía hacia Él. No le
pedimos su intercesión y ella solo espera que le roguemos, Madre levántame del
suelo y enséñame a amar planamente a tu hijo. Esa misma madre amorosa se
preocupa, porque muchas veces nos ha hablado a través de sus hijos en la
tierra. Pero no hemos querido hacer caso a sus consejos. Somos soberbios y
pensamos que nos las sabemos todas. Nos escondemos tras excusas baratas como:
yo soy así, esa es mi personalidad y no nos esforzamos por cada día formar una
mejor versión de nosotros.
Mucha gente buena se nos acerca, pero como tenemos tantas
heridas que no nos hemos dedicado a sanar, terminamos ahuyentando a esas buenas
almas, con una actitud ingrata y autosuficiente. Y después tratamos de
resignarnos diciendo, esa gente no me entiende o soy una persona muy
complicada.
Cuando el espíritu Santo quiere actuar en nosotros, no se lo
permitimos, le ponemos una barrera de incredulidad, o de insensibilidad, porque
estamos acostumbrados, solo a las viles cosas materiales. Luego nos jactamos
diciendo que Dios se olvida de nosotros.
Nos inventamos mil y un pretextos para no poner las cosas de
Dios en primer lugar, pero a cualquier persona que no nos ama realmente o
cualquier otro Dios de este mundo llámese, dinero, apariencia, trabajo,
conocimiento, éxito, alcohol y un largo etcétera. Los montamos rápidamente en
un pedestal y nos hacemos sus sirvientes, aunque nuestra soberbia no nos deje
verlo.
Somos expertos para sacar tiempo para cosas sin sentido,
desde perder horas frente a una televisión que solo transmite estupideces,
hasta irnos a un bar y embriagarnos, con la excusa de relajarnos.
Lo más triste del caso, no es que seamos tan insignificantes
y débiles. Sino que lo peor es que estamos tan ciegos, que muchos pensarán que
esto no tiene nada que ver con ellos. O que son un montón de tonterías de
alguien que se cree superior. Pero en realidad, son tonterías de alguien que se
sabe y se acepta miserable e insignificante. Pero también sabe que Dios nos ama, a
pesar de nuestra miseria.
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