Buscar este blog

viernes, 5 de enero de 2018

Homo Homini Lupus

 He pensado en que nos comportamos de formas tan extrañas. Queremos la soñada felicidad, pero nos hacemos daño a nosotros mismos. Homo Homini Lupus, (el hombre es el lobo del hombre). Vivimos un continuo afán, en perder nuestra libertad y ser esclavos de otros o de cosas.
Tenemos un Dios que nos ama. Pero casi todos nosotros, nos acercamos a él, solo para obtener beneficios y muy pocas veces, hacemos algo para agradarle a nuestro Dios. Solo nos acercamos después de que el mundo nos decepcionó y tocamos fondo. Luego cuando Dios nos cura a pesar de las barreras que le ponemos. Volvemos a comer estiércol, que es el alimento que nos ofrece el mundo.
Casi todos buscamos la forma de llenar nuestro vacío interior, con cosas, y no solo alcohol, sexo, drogas o dinero. Intentamos que nuestros amigos, una pareja, una carrera, un trabajo, una organización o hasta una obra de misericordia llene nuestro vacío. Pero nunca llenaremos ese vacío hasta que nos demos cuenta, que solo puede llenarse, dándonos nosotros mismos por completo a Dios. Haciendo todo por Jesús, en Jesús y para Jesús, como lo hace nuestra Santa Madre.
De nada nos sirve hacer las más grandes obras, si solo lo hacemos para sentirnos bien nosotros mismos, ya sea para nuestra realización o para suplir alguna carencia nuestra.
Muchos piensan que por entrar en grupos religiosos, ya están haciendo las cosas como Dios manda. Pero la realidad es que entramos muchas veces en estos grupos, para sentirnos aceptados, no para servir sino para que los demás nos sirvan, haciéndonos sentir bien.
Debemos hacer las cosas para agradar a Jesús. Cuando haces todo por alguien que se complace en tus buenas obras, entonces te sientes pleno y lleno de felicidad. Si comprendes eso y lo unes a tu alma, te liberaras del condicionamiento, de que las cosas salgan como tú las idealizas. Ya no importará el resultado, tanto como el esfuerzo y la recta intención de agradarle a Dios.
También nos olvidamos de que Jesús mismo nos regaló a su Santísima Madre, para que sea nuestra protectora y nuestra guía hacia Él. No le pedimos su intercesión y ella solo espera que le roguemos, Madre levántame del suelo y enséñame a amar planamente a tu hijo. Esa misma madre amorosa se preocupa, porque muchas veces nos ha hablado a través de sus hijos en la tierra. Pero no hemos querido hacer caso a sus consejos. Somos soberbios y pensamos que nos las sabemos todas. Nos escondemos tras excusas baratas como: yo soy así, esa es mi personalidad y no nos esforzamos por cada día formar una mejor versión de nosotros.
Mucha gente buena se nos acerca, pero como tenemos tantas heridas que no nos hemos dedicado a sanar, terminamos ahuyentando a esas buenas almas, con una actitud ingrata y autosuficiente. Y después tratamos de resignarnos diciendo, esa gente no me entiende o soy una persona muy complicada.
Cuando el espíritu Santo quiere actuar en nosotros, no se lo permitimos, le ponemos una barrera de incredulidad, o de insensibilidad, porque estamos acostumbrados, solo a las viles cosas materiales. Luego nos jactamos diciendo que Dios se olvida de nosotros.
Nos inventamos mil y un pretextos para no poner las cosas de Dios en primer lugar, pero a cualquier persona que no nos ama realmente o cualquier otro Dios de este mundo llámese, dinero, apariencia, trabajo, conocimiento, éxito, alcohol y un largo etcétera. Los montamos rápidamente en un pedestal y nos hacemos sus sirvientes, aunque nuestra soberbia no nos deje verlo.
Somos expertos para sacar tiempo para cosas sin sentido, desde perder horas frente a una televisión que solo transmite estupideces, hasta irnos a un bar y embriagarnos, con la excusa de relajarnos.
Lo más triste del caso, no es que seamos tan insignificantes y débiles. Sino que lo peor es que estamos tan ciegos, que muchos pensarán que esto no tiene nada que ver con ellos. O que son un montón de tonterías de alguien que se cree superior. Pero en realidad, son tonterías de alguien que se sabe y se acepta miserable e insignificante. Pero también sabe que Dios nos ama, a pesar de nuestra miseria.



No hay comentarios:

Publicar un comentario